jueves, 18 de noviembre de 2010

LA EVOLUCION DEL MIEDO.




Cuando era niña, tardé un poco en enterarme de la verdadera existencia del diablo. Quizás lo más cercano que tenía de esa imagen era la figurilla de barro de el nacimiento navideño de mi mamá. Era una figura de color rojo encendido que cubría sus ojos llorando de que la profecía del nacimiento del Mesías en un humilde pesebre de Belén, que se había cumplido al fin.



También lo ví en la Biblia de los niños que durante muchos, muchos años fue mi único contacto en papel con los episodios de la historia del humano y su relación con Dios. Ahí, claramente es mencionado en el Génesis. También se hace presente en el pasaje de los cuarenta días del retiro en el desierto de Jesucristo, sin que yo entendiera completamente en que consistía su intervención.

¡Quien me hubiera dicho que "El Ángel Caido" ser iba a tener un protagónico en mi vida! (¿¿Hay alguna en la que no??)

Un día Luzbel llegó a mi casa y se instaló a vivir ahí. Nadie nos dimos cuenta de inmediato, creo que llegó primero al cuarto de mis padres, pero después estoy segura que se mudó a mi closet de donde un día salió y se presentó personalmente.

Tenía los ojos verdes y sus pasos se escuchaban como susurros de viento arrastrándose por la alfombra. Me di cuenta de su existencia y un miedo profundo se coló en mi corazón y de la misma manera en la entretela de cada día.

El demonio sabía entonces que ya no me era indiferente, que empecé a conocer todas sus máscaras y ya con toda confianza, mi casa fue su hogar.

Silencioso y mutable, genera de ahí su peligro más grande: puede camuflajearse con los colores de la pared, con el tapiz de los muebles, con tu suéter favorito y un día lo tienes comiendo sentado a tu mesa, lo tienes saliendo del televisor en forma del noticiario de la noche, lo tienes en la pereza de cada mañana que no te deja arrancarte de las sábanas.
Está en el día que abandonas sueños "no-natos" porque crees que no te los mereces o el día que inflas descomunalmente tus expectativas sobre los demás para caer después en el precipicio inmenso de la decepción.

Se infltra como ese temor callado que creas - aún sin darte cuenta - y cuando aún sin pruebas, renuncias a tu potencialidad.

Y el diablo te lleva en el camino concéntrico de los pensamientos dolorosos, esos de los que si caminas sin precaución te llevan al séptimo infierno de Dante, que bien sabemos, es la traición, en este caso, hacia ti mismo y a tu propia ruta de la felicidad.

Pero sin embargo, creo que yo sobreviví al fuete castigador del pavor y tantos otros maltratos que propina al alma humana. No conocí todos los terrores -sería demasiado decir- pero creo que me llegué a familiarizar con muchos, lo cual en si mismo es un riesgo porque "El Oscuro" se empieza a parecer a todo y cuesta trabajo en distinguir entre "el bien", "el mal" y "el regular". De pronto, ya no sabes cuándo defenderte o cuando reclamar porque ya está tan adentrado en la cotidianeidad, que se vuelve como el aire que se respira, no inocuo pero ya tan del diario, tan inherente, que si te va minando con sutileza.

Y de la sala, de los armarios, de el cuarto contiguo, el Diablo se muda a tus células, se muda a tu lengua, se muda a tus juicios, se incorpora en tus decisiones. El Diablo empezó a mirar a través de un par de ojos negros.

Y ya bien incorporado, es el satánico quien habla desde tu cabeza, es el que te confunde, el que te hace abandonar, el que te endurece la piel, el que te hace ingrato e injusto. Es el que te hace cobarde. Es el que te hace sentir desarmado y sin valor.

Pero este ser, tan temido y tan incomprendido, trae a nuestras vidas su propio regalo, porque como todo en esta vida Luz y Sombra conviven.

Es el miedo, el que bien procesado, nos da la evolución a la consciencia.

Es la alarma de que algo debe ser trabajado, superado, vencido, comprendido, amado tal cual es. Es tu reto más grande, tus oquedades, tu libertad temida, la verdad de tu misión.

Y así es: El miedo que enfrentas un día, es la valentía del resto de tu vida.

Dios no nos manda nunca sin un ángel, sin momentos de epifanía...y con la promesa de que en algún humilde pesebre de nuestro corazón, el Mesías vuelve a nacer día con día pero siempre en complicidad con el acicate de evolución que te da, también día a día, tu honorable Diablo interior.

Prana Pascual Mejía
Escrito entre el 1 y 2 de octubre de 2006

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